10 de diciembre de 2005

Agarráte Catalina que la burbuja se desinfla

En el mercado de bonos de los Estados Unidos la burbuja inmobiliaria ya ha estallado. Los bonos respaldados por créditos hipotecarios otorgados a los solicitantes más riesgosos han perdido alrededor de 2,5% desde septiembre por temor a que un aumento de 18 meses en las tasas de interés pueda llevar a más de 150.000 clientes a caer en mora. La caída de los bonos es una de las primeras señales de que el auge inmobiliario se está terminando luego de los 12 incrementos en la tasa de referencia dispuestos por la Reserva Federal, a 4%. El mercado inmobiliario ha representado cerca de la mitad de la expansión de la economía desde el 2001. El monto de los bonos respaldados por esos préstamos de alto riesgo ha crecido a más del doble desde el 2001, a un récord de u$s476.000 millones. Brezza, ¿cómo esta EEUU durante la depresión?.

3 de diciembre de 2005

Diplomacias vigiladas por civiles y militares

Durante el siglo XX, diplomáticos de carrera, políticos y militares decidieron la política exterior argentina. Bosoer estudia, en un ensayo recién publicado, el país que sufrió estos vaivenes. Las relaciones entre civiles y militares en la conformación de la clase dirigente argentina ocupan un lugar central a lo largo de gran parte de nuestra historia, pero adquieren entre 1930 y 1983 un carácter aún más determinante que afectó al país en sus hechos y rumbos fundamentales. También el manejo y la orientación de la política exterior se vieron influidos por la interacción entre estas dos esferas de poder, la civil y la militar, y entre quienes, provenientes de ambos campos de gravitación, se ubicaron en posiciones relevantes en la conducción del gobierno, en las estructuras de poder, en las instituciones políticas y los círculos de influencia.No es casual, por otro lado, que un ciclo de cuarenta años, dentro de este período central del siglo XX, dibuje una parábola entre 1942 y 1982, dos años que marcan los dos momentos de más alta conflictividad del país en su ubicación en el contexto internacional, enfrentado a las potencias principales y conducido por gobernantes sin sustento de legitimidad democrática. Al interior de este segmento de cuatro décadas encontramos que la Argentina vivió sucesivos momentos de alteración profunda en su vida institucional, política, económica y social. La relación del país con el mundo estuvo signada de manera traumática por los fantasmas de cuatro guerras: la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la "guerra sucia" y la Guerra de las Malvinas.Ello explicaría el porqué de la actuación protagónica de generales y embajadores en el manejo de las riendas del poder. Puede resultar evidente que en un escenario caracterizado por la distancia del país respecto de los epicentros de la política y el poder mundial, y al mismo tiempo, por la permanente agitación de una amenaza derivada de aquellos epicentros, fueran los militares y diplomáticos quienes tuvieran la batuta de la orquesta estatal. Sin embargo, esta lógica no explica el hecho de que buscando acomodar el país al imperativo de adaptarse al contexto externo, los resultados fueran exactamente los inversos y esa orquesta que representaba a la Argentina en el exterior invariablemente sonara desafinada y suscitara desconfianzas y fastidios. Tampoco explica otro hecho notable: a lo largo de esas cuatro décadas, pese a la inestabilidad y las grandes fluctuaciones políticas, es posible encontrar a una misma clase dirigente —los mismos nombres y apellidos— en el centro o en las adyacencias inmediatas del poder. Es aquí donde se inician posibles recorridas por algunos de los laberintos más o menos explorados de nuestra historia en pos de algunos hallazgos curiosos y sorprendentes.Hay una parábola que puede arrancar en la Conferencia de Río de Janeiro en 1942, allí donde la Argentina defendió a capa y espada la neutralidad en la Segunda Guerra, frente a las presiones de los Estados Unidos y las posturas mayoritarias de los países americanos, y que se cierra en abril-mayo de 1982, cuando la dictadura del Proceso se embarca en la aventura de recuperar las islas Malvinas, declarando la guerra a Gran Bretaña y rompiendo con Washington, su principal aliado y sostén. El círculo se abre y se clausura, en algunos casos emblemáticos, con los mismos personajes: Mario Amadeo, por ejemplo, joven asistente del canciller Enrique Ruiz Guiñazú en la Conferencia de Río del 42, es quien, 40 años después, actúa como vocero informal del canciller Nicanor Costa Méndez, el 1ø de abril de 1982 por la noche, para anunciar a los periodistas acreditados en Cancillería la ocupación de las Malvinas.Generales, almirantes y brigadieres buscarán inspiración intelectual en abogados, historiadores, periodistas y políticos. Estos recurrirán a aquellos cada vez con mayor naturalidad para alcanzar y mantener espacios de poder, influencia o pertenencia y para conspirar unos contra otros. Juntos, unos y otros, conformarán el tablero de la política y escribirán sus páginas más destacadas. Hasta que la vorágine argentina llevará al extremo las fuerzas y contradicciones y los arrastrará al despeñadero en el que terminó el último intento de restaurar manu militari el legado de la generación del 80 del siglo XIX, cien años más tarde.El canciller más importante de la llamada década infame, durante los años de la restauración conservadora y el fraude patriótico, fue Carlos Saavedra Lamas, Premio Nobel de la Paz. Durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, el primer canciller argentino que presidió el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y el primero, además, en llegar a ese cargo proviniendo de orígenes gremiales y socialistas, Atilio Bramuglia, tenía a su cargo funcionarios que coordinaban el ingreso de fugitivos nazis a nuestro país luego de la guerra, y que simpatizaban con esas ideas. Otro eminente jurista del derecho internacional, Luis Podestá Costa, fue canciller de la Revolución Libertadora, el gobierno que más militares sin experiencia diplomática alguna —y con experiencia, sí, en escandalosos fragotes, algunos de ellos cruentos— designó como embajadores.Los desatinos se suceden uno tras otro: en 1956, el almirante Rojas, a la sazón vicepresidente, le ordena a su subordinado, el contralmirante Aníbal Olivieri, que era embajador argentino en las Naciones Unidas, que solicite ante la Asamblea General la expulsión de la Unión Soviética de la ONU. Olivieri no acata la extravagante idea y termina exiliándose en San Diego, California. Otros, como el general Carlos Toranzo Montero, que luego daría que hablar haciéndole la vida imposible a Arturo Frondizi dentro del país y fuera de él durante su atribulado gobierno, participa, siendo embajador en Venezuela, de la conspiración que derroca al dictador Marcos Pérez Jiménez, que era un protector del general Perón en el exilio. En la Conferencia de Punta del Este, en enero de 1962, donde se aprueba la expulsión de Cuba del sistema interamericano, el canciller Miguel Cárcano deberá lidiar con los servicios de inteligencia y estados mayores de las fuerzas armadas de su propio país que le siguen los pasos, ante el desconcierto de los funcionarios del Departamento de Estado norteamericano. A su regreso, Cárcano deberá renunciar y aquella reunión es la que precipita la caída de Frondizi. Hubo, por cierto, diplomáticos y militares que lograron despegarse de la politización facciosa y participar de esa gran diplomacia que no abundó. El almirante Oscar Quihillalt fue un tenaz defensor del desarrollo nuclear autónomo para uso pacífico, como presidente de la CNEA entre el 55 y el 73. Era una base de poder interno para las Fuerzas Armadas —y para la Marina, sobre todo—, pero a la vez una herramienta de poder externo y proyección internacional que el país tampoco supo aprovechar, y que le valió, incluso, la consideración de nuestro país como "estado proliferador". Otros casos son el del general Hernán Pujato, que instala la Base General San Martín en la Antártida, bajo el segundo mandato de Perón, el del general Jorge Leal, fundador de la Base Esperanza y jefe de la primera expedición argentina que llegó al Polo Sur por tierra, lejos de las tensiones cuarteleras y zozobras que se vivían en Buenos Aires. Y así podemos seguir con la cadena de contrastes y contradicciones. El Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, el CARI, el más prestigioso ámbito de reunión y reflexión de políticos, diplomáticos y académicos abocados a la política exterior e internacional, se creó en 1978, uno de los momentos de mayor trastorno de la personalidad argentina en el mundo, mientras se realizaba el Mundial de Fútbol en nuestro país, la represión ilegal se cobraba miles de muertes y desapariciones, incluidos diplomáticos y embajadores como Héctor Hidalgo Solá y Elena Holmberg, y los generales argentinos y chilenos se trenzaban en escaladas beligerantes por disputas territoriales.El período final 1979-1982 repite, en numerosos casos con los mismos elencos de personalidades jugando similares roles, un ciclo semejante de disputas intestinas, alternancias forzadas y rotaciones compulsivas dentro de un mismo gran círculo de decisores y voces influyentes. En ese canto del cisne de la elite diplomática y militar prohijada por cuarenta años de quiebre institucional y continuidades fácticas se encontrarán, como dice el tango, "en un mismo lodo, todos manoseados".Algunos seguían jugando el mismo juego aprendido a lo largo de las pasadas cuatro décadas en un escenario que, sin embargo, se había deslizado al despeñadero interno y el ostracismo internacional. Otros se habían apartado, extrañados o espantados por el grado de brutalidad que había alcanzado la dictadura. Y otros, más comprometidos con ésta, participarían con distintos tonos de entusiasmo en su camino de perdición, buscando atenuar o precipitar la caída. Sólo un resultado externo catastrófico como la derrota en la Guerra del Atlántico Sur, la única que a la postre libró aquel país asaltado por los fantasmas de las guerras a lo largo del siglo XX, revierte sobre sus jefes y consejeros liquidando toda posibilidad de permanencia en el poder.Hasta entonces, la aparición de nuevas camadas u orientaciones renovadoras en la política exterior, incentivada por los momentos de ruptura o la apertura del sistema gubernamental como resultado de procesos electorales, había terminado absorbida o neutralizada por las agencias y actores tradicionales, que no llegan a perder el dominio de sus fuentes y recursos de poder. Esta permanencia —que en algún sentido se expresa como alternancia— contrasta nítidamente con la inestabilidad política, los cambios de gobierno y de régimen, los antagonismos entre principios de legitimidad, la debilidad de los gobiernos civiles y las contradicciones internas de los gobiernos de facto y las dictaduras militares que dominaron esta etapa de la historia argentina del siglo XX.Desde entonces, la Argentina se pregunta —y muchos se lamentan— por la ausencia de una clase dirigente lúcida e ilustrada. Se tiende a aludir con ello a los tiempos de nuestra historia reciente, perdiendo de vista el cuadro en el que emergió la posibilidad de recuperar la democracia en 1983. Por contraste, escuchamos y leemos panegíricos de tiempos más lejanos, "edades de oro" y tiempos dorados en los que habrían existido visiones preclaras y proyectos de país, con estadistas en condiciones de llevarlos a cabo. Convendría no olvidar, de igual modo, los claroscuros y extravíos que condujeron en tantos casos a aquellos hombres cultos y esclarecidos a participar en las más graves frustraciones, desaciertos y tragedias de nuestra historia; sin dejar de detenernos en aquellos instantes o intervalos en los que las cosas podrían haber resultado de otro modo.