9 de agosto de 2015

La democracia según Carl Schmitt

La democracia liberal ha tenido una gran cantidad de adversarios teóricos (y prácticos). A la izquierda se han situado todas las corrientes marxistas que la han menospreciado como poco más que un consejo de administración de la burguesía. A la derecha, aquellos que han considerado que el pluralismo lo que se hace es generar divisiones artificiales en un cuerpo natural y unido como es el Pueblo. De entre estas críticas quizá la que más destaque sea la de Carl Schmitt (1888-1985), un filósofo jurídico alemán conocido por su militancia en el partido nazi y claramente contrario al régimen parlamentario de la República de Weimar. Sus tesis han recibido la condena enérgica de nuestros contemporáneos, pero resulta notable en qué medida su influencia tiene ecos en nuestros días, como intentaré mostrar a continuación.

Antes de caer en el síndrome de Godwin, me gustaría revisar someramente algunos de sus argumentos. Hoy estamos inmersos en debates muy vivos sobre la capacidad de nuestros sistemas políticos para rendir cuentas y representar el mandato de la gente en un entorno de creciente división de poderes y vaciamiento del poder del Estado. Quizá por eso merece la pena seguir mirando a debates presentes con las luces largas, hacia atrás y hacia delante. Aunque solo sea por precaución.

La crítica al liberalismo

El pilar fundamental de la obra de Schmitt, como la de muchos teóricos de la época, es la crítica al liberalismo y a la democracia liberal. En sus textos este autor argumenta que durante etapas históricas pasadas liberalismo, parlamentarismo y democracia habrían marchado juntos. Sin embargo, en la actualidad (referida a 1923) no se puede considerar como equivalentes las ideas liberal-parlamentarias y las propias de la democracia de masas. Para él, la cháchara del parlamento, ese government by discussion, pertenece al ámbito del liberalismo. Sin embargo, eso no se ajusta a la dinámica propia de la democracia de masas por lo que se debe abandonar a esas instituciones caducas. El debate ya no está en los parlamentos. ¿Les suena?

El hecho es que cada vez más los comités de los partidos o coaliciones son los que deciden a puerta cerrada el destino de la ciudadanía. En la democracia de masas, con sus partidos sometidos a férrea disciplina, la discusión pública es puro teatro. No hay sino «pactos en los despachos» que hurtan la voluntad de la gente. Después de todo el Parlamento dista con mucho de ser una cámara de deliberación al ser incapaz de conciliar los intereses divergentes presentes en la sociedad. Al final estos tienen que ajustarse en negociaciones llevadas a cabo lejos de los ojos de la opinión pública. Además, critica furibundamente cómo la disciplina de partido impide que el diputado pueda representar de verdad al pueblo y cambiar de criterio sobre la base de la deliberación.

Es indudable que muchas de las críticas actuales a las insuficiencias o perversiones de la democracia parlamentaria pueden coincidir con formulaciones expuestas por Schmitt. Un ejemplo claro es la vuelta al mandato imperativo en lugar del representativo respecto a las relaciones entre los representantes y sus partidos políticos.

Sin embargo su crítica al liberalismo no se queda en aspectos meramente institucionales. Lo que Schmitt denuncia es cómo el liberalismo ha supuesto la despolitización de la vida pública. Según denuncia, la teoría liberal ha buscado neutralizar al Estado con el fin último de emancipar a la sociedad burguesa. Es decir, buscar ámbitos de actuación libres de los capitalistas frente a las intervenciones de los poderes de soberanía, buscar una protección de las libertades burguesas individualistas. La política debe ser para Schmitt justamente lo opuesto, la lucha contra ese individualismo que disuelve los lazos humanos.

Al fin y al cabo, para el autor el supremo anhelo del burgués es el de proteger los derechos individuales (especialmente de propiedad) frente a la acción del Estado. Esto lleva a que busque someter todas las funciones estatales al imperio de la ley, a dividir al poder y a minimizar el contenido político del Estado. Toda intervención, todo ataque a la libertad individual ilimitada, a la propiedad privada y a la libre competencia se presenta casi como un acto de violencia. Lo que el liberalismo acepta del Estado se limita a la garantía de las condiciones de la libertad y a la eliminación de barreras a la misma.

Pero para Schmitt la democracia es radicalmente no liberal en tanto que es esencialmente política. De ahí que la democracia se vincule a la supresión del liberalismo y de su producto, el Estado burgués de derecho. La clave está en acabar con la idea de separación entre Estado y sociedad. Frente a la idea de separación entre Estado y sociedad, típica del pensamiento liberal, Schmitt propondrá el giro hacia el Esta­do total, fundado en acabar con tal separación.

Totalidad y politización: el Estado total

La idea de un Estado total para Schmitt es la desaparición del dualismo entre Estado y sociedad, siendo el primero la autoorganización del segundo. Esto es fundamental para él porque implica que todos los problemas sociales y econó­micos se conviertan en problemas directamente estatales.

En su versión más tardía de esta idea Schmitt acabará aludiendo a un Estado total en el sentido de la cualidad y de energía. Esto se asocia directamente con el stato totalitario. Tal Estado sería capaz de reivindicar exclusiva­mente para él los nuevos medios técnicos de poder, no permi­tiría en su interior ninguna fuerza enemiga paralizadora, podría distinguir entre amigos y enemigos. Y Schmitt refiriéndose a la situación alemana insiste en que el sistema de partidos pluralista de la república de Weimar ha desarrollado un tipo de Estado edificado sobre la debilidad e incapacidad para resistir los embates de los intereses organizados. El Estado es como un enfermo postrado que debe transi­gir, contentar a todos, otorgar subvenciones y estar al servicio de intereses contrapuestos.

Como Schmitt dijo en sus escritos: «en Alemania no tenemos hoy en día nin­gún Estado total, sino un conjunto de partidos totales que pretenden cada uno realizar la totalidad y abarcar totalmente a sus miembros, acompañando al hombre desde la cuna hasta la sepultura, desde la guardería, a través de la asociación gimnástica y del club de bolos, hasta la sociedad funeraria». La consecuencia es que los partidos en pugna unos con otros politizan —fijaos que aquí lo emplea como algo negativo— de modo total la vida com­pleta del pueblo y, lo que para Schmitt sería grave, «parcelan la unidad política del pueblo alemán». Los partidos dividen a la sociedad, una idea que también resulta familiar.

Sin embargo el autor va un paso más allá y esboza los rasgos típicos de un Estado, sus­tancialmente autoritario, y que parece inspirarse en algunos ele­mentos del Estado fascista italiano. De ahí que haya dos conceptos de «politización». Politi­zación ilegítima, la derivada de la lucha pluralista de intereses, manteniendo las instituciones políticas liberal-parlamentarias. La de los partidos. Por el contrario, la politización legítima sería la conciencia de la sustancia política del pueblo, el encuentro de la unidad de este pueblo en la comunidad.

Los presupuestos de la democracia: homogeneidad e identidad

Por eso para Schmitt lo importante es que haya una democracia totalmente depurada de cualquier principio liberal. De ahí que los principios de libertad e igualdad sean considerados como contrapuestos y únicamente el segundo tenga validez como principio democrático. Pero obviamente su tratamiento del principio de igualdad es peculiar —faltaría más—. Como él mismo escribió «toda democracia verdadera se apoya en que no solamente lo igual se trata igual, sino que lo desigual se trata desigualmente […]. A la democracia pertenece necesariamente en primer lugar la homogeneidad y en segundo, en caso necesario, la separación o eliminación de lo heterogéneo».

De tales afirmaciones el propio Schmitt saca consecuencias; la cuestión de la igualdad se trata de la sustancia de pertenecer a una nación determinada, la homogeneidad nacio­nal. Por ello, la fuerza política de una democracia se manifiesta en eliminar o alejar lo extraño. Hay que acabar con lo desigual que amenaza a la ho­mogeneidad pudiendo, sin dejar de ser una democracia, excluir a una parte de la población dominada por el Estado. Schmitt se opone cla­ramente a la igualdad de todos los hombres. La utopía democrática de la humanidad para Schmitt vulneraría los presupuestos de igualdad sustancial, de homogeneidad.

Esta idea a todos nos suena claramente reprobable (o no) y alejada de nuestros principios más fundamentales. Sin embargo, hay un segundo paso que ha tenido más recorrido. Es la idea de que hay que elevar la homogeneidad a la categoría de identi­dad: identidad entre gobernantes y gobernados. Lógicamente Schmitt acudirá a Rousseau, reinterpretando su pensamiento desde su perspectiva.

Schmitt considera que el contrato social, si se le quita el barniz liberal reteniendo su concepto central de volonté générale, implica que el Estado verdadero según Rousseau solo existe donde el pueblo es tan homogéneo que domina la unanimidad en lo esencial. Por lo tanto según el contrato social no puede existir en el Estado ningún partido, ningún interés especial, ninguna diferencia religiosa, que separe a los hombres. Debe haber un dirigente que sea Pueblo, que haga que exista la identidad entre ambos. Por eso Schmitt insistirá en que la forma política propia de la democracia solo puede basarse en un concepto específico y sustancial de igualdad. Este es un concepto político que solo puede basarse en la pertenencia a un Pueblo determinado.

El Pueblo y la unidad política

Schmitt no considera al Pueblo, en cuanto portavoz del poder constituyente, como una instancia organizada. Más faltaría. Para él es una magnitud no formada pero que nunca deja de estar en forma­ción, es el fundamento de todo suceso político y origina constantemente nuevas formas y organizaciones. Schmitt alude a que en la Revolución francesa el Tercer Estado era considerado como el Pueblo, siendo negativamente determinado con referencia al clero y a la nobleza. Sin embargo, cuando la burguesía alcanzó el poder, sería el proletariado el nuevo pueblo.

Sin embargo, pronto se desvela cómo para él su posición es claramente subalterna. Este Pueblo, estas masas, basta con que se manifieste en unos pocos momentos trascendentales, respondiendo a las cues­tiones fundamentales con un sí o un no. La idea del referéndum plebiscitario como su forma prevalente de expresión. Conectando con Rousseau, Schmitt procla­mará la irrepresentabilidad del pueblo. Y si «no nos representan» ni se nos puede representar para Schmitt la única manera de manifestarse es mediante la aclamación, que además no puede regularse ni transformarse en ningún procedimiento.

Ga­rantías jurídicas, como el sufragio secreto, la clásica demanda del mundo obrero, lo que harían sería impedir el surgimien­to de la opinión pública. La fórmula natural de la expresión directa de la voluntad popular es el grito de afirmación o de negación de la multitud reunida. La aclamación es una manifestación vital, natural y necesaria de todo el pueblo, pero el liberalismo trata de hacerla imposible. No admite las asambleas populares y la aclamación. Las elecciones son inferiores a la erupción inmediata y la expresión de la voluntad popular ¿Qué mejor manera que todo el Pueblo reunido en una plaza para mostrar la verdadera voluntad de la gente?

En la concepción de Schmitt, teóricamente el pueblo ocupa una posición de portador del poder supremo, pero a la vez aparece como incapaz de gobernarse. Por eso la voluntad general democrática va asociada con el poder de un individuo o una minoría para plan­tear cuestiones al pueblo, que dependería totalmente de tales ini­ciativas, siendo su facultad la de refrendar o rechazar. Porque al final, y esta es la clave, todo lo que es político se funda en la distin­ción entre amigo y enemigo. El Estado no es en sí mismo políti­co, sino solo cuando puede distinguir al amigo del enemigo, tanto en cuanto al interior como al exterior. Por lo que respecta a la sociedad, al politizarse se convertiría en comunidad, y el Estado se fundaría, apoyándose en esta comunidad política, en un Pueblo. Los puros, los virtuosos, contra los enemigos.

Los ecos de Schmitt

La crítica a la democracia liberal parlamentaria es algo que hacemos hoy día con mucha intensidad y que viene de dinámicas estructurales y más coyunturales. Estructurales por la transformación de nuestras sociedades, cada vez más complejas, más globalizadas, en las que los actores tradicionales no parecen capaces de gestionar la magnitud de los retos que tenemos ante nosotros. Coyunturales, como es el estar en medio de una importante crisis que causa gran malestar con la política y la economía, especialmente en los países del sur de Europa. Estos dos elementos lógicamente entroncan con muchas de las críticas que hacemos a nuestros sistemas políticos.

Sin embargo merece la pena reparar en lo redundantes que son algunos de los argumentos. Los parlamentos están vacíos de contenido, los partidos no son sino máquinas que reparten prebendas y dividen a la sociedad, la división de poderes va contra la expresión pura de la democracia, hay que buscar una identidad entre quien nos gobierna y el Pueblo. Son argumentos recurrentes, que nacen de muchos de los puntos ciegos de la teoría liberal de la democracia y que, en el caso de Schmitt, sirvieron para alimentar el fantasma totalitario. Hoy parece que este último está conjurado, pero o bien las fallas de nuestros sistemas no son tan nuevas, o bien debemos revisar nuestra aproximación a la propia noción de democracia.

10 de enero de 2011

Sarah Palin responsable

Sarah Palin cometió un error monumental el año pasado al señalar a los congresistas más fáciles de derrotar en las elecciones parlamentarias de 2010 con unas dianas como las que se usan en las prácticas de tiro. Era un despropósito propio de una persona que cae en ellos con frecuencia.

Es posible que este episodio acabe con Palin. Su radicalismo, que empezaba a ser grotesco, puede resultar ahora cruel. Palin ha contribuido a envenenar el debate político con su estilo.

Palin no es un sujeto extraño a EEUU. La apoyan millones de personas. Su estilo, por aborrecible que pueda parecer, se identifica plenamente con ciertas costumbres y ciertas tradiciones norteamericanas.

Si se quiere buscar un responsable por encima del culpable debe señalarse a la sociedad americana, o a la parte de ella que cree en la venganza individual, que le niega al Estado el patrimonio de la violencia y que exhibe sus armas con tanto orgulloso constitucional como exhibe su libertad.

Existe, desde luego, esa América tolerante, abierta, intelectual y emprendedora que eligió presidente a Barack Obama y que en todas partes se admira y respeta. Pero hay otra porción de América, la rural, inculta y salvaje que ruge intermitentemente cuando siente sus intereses en peligro. La primera América milita en ambos partidos, pero el Partido Republicano se ha quedado con la otra parte por completo.

Es lógico, por tanto, que todos los paranoicos con armas simpaticen con los republicanos, como otros terroristas en otras partes se esconden tras un lenguaje presuntamente de izquierdas.

Reflexiones de una tragedia

El cruento tiroteo en Tucson, Arizona, ocurrido el sábado obliga una reflexión sobre las condiciones en nuestra sociedad que conducen a que un joven, con aparente desequilibrio, sea capaz de semejante masacre durante una reunión informal política en un sitio público. El hecho que el blanco haya sido la congresista Gabrielle Giffords (D- Arizona) introduce un elemento imposible de ignorar, en un momento en que el debate político se ha vuelto especialmente destructivo.

Giffords, una demócrata de tendencia conservadora que está a favor de la reformas migratoria, había sido víctima de amenazas y de agresiones en contra de su oficina, especialmente después de haber apoyado la reforma médica. Durante la campaña política del año pasado, su escaño estaba marcado como un blanco de tiro por la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin —cuyo lema es "no replegarse, sino recargar"— como señal de vulnerabilidad electoral. Al mismo tiempo, el contrincante político de noviembre de Giffords organizó un acto de campaña en un centro de tiro al blanco.

El agresivo clima político proveniente de la ultra derecha es el responsable de la tragedia. Tal como lo señaló el Sheriff del condado de Pima, Clarence Dupnik, el nivel "corrosivo" del debate político actual —especialmente en Arizona— puede llevar a un desequilibrado a tener una reacción de este tipo.

No está claro el movil político que pudo tener el sospechoso Jared Lee Loughner para actuar de esta manera. Lo que se conoce de él es un pasado conflictivo, mentalmente inestable con ideas delirante mezcladas con el fervor antigubernamental. No obstante los indicios de inestabilidad, él pudo comprar legalmente el arma usada en la masacre gracias a que Arizona tiene una de las leyes más laxas del país en la venta de armas de fuego.

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9 de enero de 2011

La radicalización política en EEUU

Puede que Jared Lee Loughner, el presunto autor de la matanza de Tucson, tenga sus propios desequilibrios mentales, pero el sheriff del condado de Pima, donde se produjo la tragedia, Clarence W. Dupnik, ha puesto un dedo en la llaga al señalar que ese desequilibrio está fomentado por la "virulencia retórica" antigubernamental de ciertos políticos y comentaristas de radio y televisión. Dupnik no acusó concretamente a nadie de usar esa "virulencia retórica" pero, por si acaso, Sarah Palin, la líder del movimiento ultraconservador Tea Party, ha retirado de su página de internet la diana con la que apuntaba al distrito de Gabrielle Giffords, la congresista demócrata herida de gravedad en la cabeza por los disparos de Loughner.

"Estamos en la lista de objetivos de Palin. El problema es que nos ha puesto en esa lista colocando una mirilla telescópica sobre nuestro distrito. Cuando la gente hace eso, se tiene que dar cuenta de que su actitud tiene consecuencias", denunció la propia Giffords en marzo pasado. Ese mes sus oficinas fueron atacadas por desconocidos horas después de haber votado a favor de la reforma sanitaria del presidente Barack Obama, una reforma a la que se opuso ferozmente el Partido Republicano y el Tea Party.

Durante meses, en muchas de las concentraciones de protesta del citado grupo contra la reforma sanitaria, era normal ver a mucha gente armada asegurando que usarían sus pistolas, rifles y ametralladoras para defenderse contra el Gobierno y el Estado. El movimiento ultraderechista, respaldado por la cadena de televisión Fox, ha condenado el atentado contra Giffords y, tras revisar las listas de sus miembros, ha confirmado que Loughner no es uno de los suyos.

La víctima había advertido hace meses del peligro del lenguaje agresivo

Además, sus portavoces se han encargado de poner la venda antes de la herida y se han declarado ya víctimas al asegurar que la izquierda les va a acusar de ser los responsables ideológicos del tiroteo, algo que hasta ahora nadie ha hecho. "En este momento, cuando tendríamos que pensar en lo que ocurre en la política y en que no importa cuáles sean los motivos del pistolero, la izquierda va a acusar al Tea Party", dijo un portavoz.

Desmintiendo sus palabras, el senador demócrata Dick Durbin declaró que no cree que exista una "conexión directa" entre la matanza y la retórica de un grupo político específico. No obstante, sí observó que "vivimos en un mundo de imágenes violentas y palabras violentas", y citó como ejemplo la frase "no hay que replegarse sino cargar las armas" que, precisamente, pronunció recientemente Sarah Palin.

Por su parte, el senador republicano Lamar Alexander sólo quiso dejar claro que la acción de Loughner no tenía nada que ver con el Tea Party y, para ello, recordó que el presunto asesino había asegurado que entre sus libros favoritos figura el Manifiesto comunista, de Karl Marx.

Las palabras del sheriff Dupnik han tenido eco en todos los medios de comunicación estadounidenses, hasta el punto de que, según The New York Times, "ningún acontecimiento desde el atentado de Oklahoma, en 1995, había atraído tanta atención acerca de si el extremismo y el sentimiento antigubernamental o, incluso, la simple pasión política en los dos lados del espectro político han creado un clima promoviendo la violencia".

Palin retira de su web un mapa con una diana sobre el distrito de Giffords

Por su parte, el presidente del Congreso, el republicano John Boehner, ha querido superar ese lenguaje y la división en el país al asegurar que "cualquier ataque a un funcionario es un ataque a todos los funcionarios. Actos de violencia y amenazas contra cargos públicos no tienen lugar en nuestra sociedad".

"La meca de la intolerancia"

Pero, según el sheriff Dupnik, precisamente eso es lo que está ocurriendo en Arizona, un estado entre los más republicanos del país y que, a su juicio, se ha convertido "en la meca del prejuicio y la intolerancia". Dupnik reveló que tanto él como muchos otros cargos públicos han recibido amenazas de muerte.

"Eso es lo triste de lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Muy pronto no vamos a ser capaces de encontrar gente decente y razonable que desee servir en una oficina pública", aseguró.

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8 de enero de 2011

Una congresista demócrata, tiroteada en Arizona

Un tiroteo en Tucson (Arizona) ha matado a seis personas y causado heridas al menos a 12 personas, incluyendo la senadora Gabrielle Giffords, una demócrata moderada reelegida para un tercer mandato en las elecciones del pasado noviembre frente a un candidato del Tea Party y cuya oficina fue atacada en marzo por extremistas conservadores después de que ella diera su apoyo a la ley de reforma sanitaria. La Policía del Capitolio ha pedido a los miembros del Congreso que tomen precauciones "razonables".

zoomLa legisladora demócrata Gabrielle Giffords.

La legisladora demócrata Gabrielle Giffords. HANDOUT | EFE

zoomAnuncio que lanzó el comité de Acción Política de Sarah Palin en el que puso dianas a los congresistas que habían apoyado la reforma sanitaria.

Anuncio que lanzó el comité de Acción Política de Sarah Palin en el que puso dianas a los congresistas que habían apoyado la reforma sanitaria.

zoomAnuncio amenazador contra Giffords publicado el pasado verano.

Anuncio amenazador contra Giffords publicado el pasado verano.

Aunque inicialmente CNN y la radio pública NPR han confirmado la muerte de Giffords y otras seis personas el hospital al que ha sido trasladada ha confirmado que Giffords, que ha recibido disparos en la cabeza, se encuentra viva y está siendo operada.

Giffords, de 40 años, casada con el astronauta Mark Kelly y madre de dos hijos, participaba esta mañana en un supermercado en El Congreso en tu esquina, un acto con ciudadanos con el que pretendía escuchar directamente sus preocupaciones. Un hombre joven según los testigos ha abierto fuego y ha herido hasta a 12 personas. Entre las víctimas se cuentan un niño y un juez federal.

El sospechoso ha sido identificado como Jared Laughner, de Arizona, nacido en septiembre de 1988. Al parecer, ha echado a correr tras disparar y ha sido frenado por un viandante, lo que ha facilitado su detención. Según un testigo que ha hablado con The New York Times, se trata de un joven veinteañero que iba desharrapado y que ha disparado a Giffords desde cerca y por la espalda.

Ola de condenas

El atentado ha causado inmediatamente una ola de condenas. El presidente de EEUU, Barack Obama, ha emitido un comunicado denunciando que "un acto de violencia tant errible y sin sentido no tiene cabida en una sociedad libre". John Boehner, el republicano que desde esta semana es presidente de la Cámara baja, ha hablado de "un día triste para el país" y ha dicho que "actos y amenazas de violencia contra servidores públicos no tienen cabida en nuestra sociedad. Un ataque en alguien que sirve es un ataque a todos los que sirven".

Giffords es miembro del comité de Servicios Armados del Congreso así como del de Ciencia y Tecnología. Aunque es miembro de los blue dogs, el grupo de demócratas moderados en el Congreso, defiende el derecho al aborto y dio su apoyo a la ley de reforma sanitaria, durante cuyo debate y votación se intensificó la violencia y las amenazas contra los congresistas a su favor.

En los comicios de noviembre Giffords se midió a Jesse Kelly, un candidato apoyado por el Tea Party, al que se impuso por un ajustado margen. Su nombre fue uno de los 20 que el Comité de Acción Política de Sarah Palin puso en un controvertido mapa en el que se señalaban con puntos de mira como los de un arma a congresistas demócratas que habían votado por la reforma sanitaria. El mapa hoy ya no está disponible en la web que lo publicó y Palin ha colgado un mensaje de condolencia en el que pide "paz y justicia" en su página de Facebook, donde ya ha nacido un grupo que le pregunta "¿Estás ahora contenta, Sarah Palin?".

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21 de diciembre de 2010

¿Que pasa? ¿porque abren el paragua antes de que llueva?

El Secretario de Justicia de EEUU, Eric Holder.

El secretario de Justicia de EEUU,Eric Holder, lanzó una dura advertencia sobre la creciente amenaza que representa el terrorismo procedente del propio país y recordó que los ciudadanos "deben estar preparados para recibir, potencialmente, malas noticias".

En declaraciones al programa a un programa televisivo de la cadena ABC,Holder indicó que lo que más le preocupa es el aumento en el número de ciudadanos estadounidenses dispuestos a perpetrar atentados contra sus propios compatriotas.

"Es una de las cosas que me mantienen despierto por la noche. Hace sólo dos años uno no se preocupaba de esto, sobre individuos, sobre ciudadanos, al nivel que lo hacemos ahora", explicó el alto funcionario.

"La amenaza ha cambiado de preocuparnos simplemente por los extranjeros que vienen a la gente que ya está aquí, ciudadanos estadounidenses, criados aquí, nacidos aquí y que por la razón que sea han decidido que se van a radicalizar y tomar las armas contra la nación en la que nacieron", apuntó.

En los últimos dos años, declaró, se ha detenido a 126 personas por cargos de terrorismo, de los que unos 50 eran ciudadanos estadounidenses.


¿Que pasa? ¿la inteligencia ha recibido alguna advertencia? ¿insurrección de la derecha ante la crisis economica?

19 de diciembre de 2010

Charlie Wilson, el hombre que terminó con "la guerra fría"



Charlie Wilson, el congresista de Texas que inventó la guerra de Afganistán al lograr canalizar millones de dólares para financiar la insurrección contra el gobierno de Mohamed Taraki, falleció ayer, a los 76 años. Wilson no era ni agente de la CIA ni trabajaba para el Pentágono, pero su actuación provocó la caída del bloque soviético y del Muro de Berlín, y dio término a la llamada Guerra Fría, que atemorizó al mundo durante cuatro décadas.

Todo comenzó en 1978 cuando el golpe de Estado en Afganistán instaló en el gobierno a Mohamed Taraki,un joven político de ideas progresistas que buscaba dar una gran transformación a Afganistán.

Parte de esta transformación consistía en una serie de reformas modernizadoras y laicas que agrupaban intereses básicos como urbanizar y abastecer de agua potable a todo el país, así como avances en educación y salud. Sin embargo, el rechazo de la facción fundamentalista, apegada el Corán, pudo más al encontrar el sorpresivo apoyo del congresista Charlie Wilson.

Gran parte de esta historia aparece retratada en la película de Mike Nichols, La Guerra de Charlie Wilson, protagonizada por Tom Hanks.

Como se recordará, Taraki pidió ayuda a la URSS para contrarrestar la insurgencia de loa muyahidines, que eran financiados por Estados Unidos. Este apoyo financiero se hizo cada vez más creciente y la Unión Soviética comenzó a sufrir un fuerte desgaste político, económico y militar que la llevó a la bancarrota en esos tres frentes. Tanto, que el cabo de casi diez años Afganistán se había convertido en el Vietnam de la URSS. Así fue como el apoyo de Estados Unidos a los muyahidines (entiéndase, a Osama Bin Laden) significaron el colapso financiero de la Unión Soviética, que se vio forzada a eliminar el apoyo a los países socios, ocasionando el desplome definitivo del bloque soviético que significó "el fin de la guerra fría".

Vaya personaje el de Charlie Wilson. Y no crea que en Estados Unidos le reconocen sus méritos. Por eso es conveniente ver la la película de Mike Nichols.

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10 de diciembre de 2010

Harry Gold, el espía que «entregó el secreto de la bomba atómica a la URSS»

«Cometí una falta terrible y tengo profundo remordimiento». Estas fueron las palabras del químico Harry Gold, el día que fue condenado a 30 años de prisión por vender secretos nucleares a la Unión Soviética. La sentencia publicada por ABC el 10 de diciembre de 1950, hace hoy 60 años, cerraba uno de los episodios de espionaje más importantes del siglo XX, en un momento crucial de la historia contemporánea: la carrera desesperada, durante Segunda Guerra Mundial, por ser la primera potencia en fabricar la bomba atómica.
ABC
Harry Gold, saliendo de la prisión Lewisburg donde estuvo preso 16 años (1966)
Gold, nacido en Suiza pero nacionalizado estadounidense, había sido detenido seis meses antes por agentes de la Oficina Federal de Investigaciones, «acusado –según explicaba ABC– de haber entregado el secreto de la bomba atómica a la Unión Soviética, en colaboración con el espía atómico británico, doctor Fuchs».
Aunque muchos historiadores han puesto en duda la relevancia de los secretos desvelados por Gold y Klaus Fuchs –Estados Unidos, de hecho, ganó la carrera atómica al realizar la primera prueba nuclear de la historia («Prueba Trinity», en 1945) y producir las bombas de Hiroshima y Nagasaki–, lo cierto es que los intentos por ser el primer país en hacerse con esta arma de destrucción de dimensiones desconocidas hasta entonces, puso en jaque a los servicios de inteligencia de las principales potencias mundiales entre 1939 y 1945.
Mientras Estados Unidos desarrollaba el conocido «Proyecto Manhattan», responsable de las bombas de Nagasaki e Hiroshima, los nazis tenían el «Proyecto Uranio» y los soviéticos la «Operación Borodino». La «batalla» atómica, que continuó una vez iniciada la Guerra Fría, se jugó en muchos frentes.
Gold, el reacio comunista
Gold, «ese soltero tímido de ojos tristes de Filadelfia» –como lo definió el periodista e historiador Allen M. Hornblum en «El invisible Harry Gold: el hombre que dio a los soviéticos la bomba atómica» (Universidad de Yale)–, era un recluta reacio a la causa comunista en 1930, que incluso se resistió a las arengas soviéticas de un amigo de la juventud. Pero, finalmente, e «impresionado por el hecho de que la Unión Soviética se había convertido en el primer país en hacer del antisemitismo un crimen contra el Estado», se decidió, alrededor de 1934, a llevar a cabo acciones de espionaje contra su empresa,Pennsylvania Sugar Company, cuyos productos eran de interés para la URSS.
«Para evitar ser vigilado –contaba Hornblum en su libro–, caminaba por el lado oscuro de la calle y comía en restaurantes con cabinas en lugar de mesas al aire libre». «Nadie podría sospechar que el hombre rechoncho de aspecto extraño y expresión triste era un espía soviético que comerciaba con secretos industriales y militares», añadía.
Pero así fue, tal y como reconoció cuando fue detenido y juzgado. Se dedicó a entregar información vital de carácter atómico a los comunistas: «Quería ayudar a una nación cuya finalidad yo apruebo, al mismo tiempo que para reforzar su poderío industrial». Gold contó que recibía la información de Fuchs, físico teórico alemán que participó en el «Proyecto Manhanttan», en el importantísimo Laboratorio Nacional de Los Álamos, que luego entregaba a su vez a un individuo encargado de hacerla llegar a Rusia. Aquel fue el punto culminante de su carrera como espía, poco después de entrar en contacto con Fuchs, condenado más tarde a 14 años de prisión.
Los Rosenbergs, ejecutados
En 1950, cinco años después de que Hiroshima y Nagasaki fueran devastadas, la Policía británica y estadounidense consiguieron acabar con aquella red de espionaje soviético que tantos éxitos había cosechado durante la Segunda Guerra Mundial. Primero fue arrestado el doctor Fuchs. Después, Gold, que logró salvar su propia vida tras testificar y traicionar a otros camaradas, como el matrimonio de Julius y Ethel Rosenberg , que se convirtieron en los primeros civiles de la historia de Estados Unidos ejecutados por espionaje.
«Gracias a diferentes actos de traición, la URSS fabrica hoy la bomba atómica», aseguró Owen Brewster, un senador republicano, el día en que Gold fue condenado. Y añadió: «Este estado de cosas debe ser tenido en cuenta para decidir si es conveniente aplazar el empleo de la bomba atómica para un día fatal».
Gold sólo cumplió 16 de los 30 años, saliendo de la cárcel en 1966 y convirtiéndose en un profesor de universidad y químico de renombre en la Alemania Democrática, a donde se exilió nada más ser puesto en libertad.

Fuente: ABC ES

28 de noviembre de 2010

Deng Xiaoping y el socialismo de mercado

Deng Xiaoping nació en 1904 y murió en 1997. A los 16 años y como muchos otros jóvenes chinos quiso conocer occidente y se trasladó a Francia donde permaneció seis años, como obrero en diversas fábricas y oficios. La guerra había terminado, se iniciaba la Revolución Bolchevique y en Francia, del seno del socialismo, surgía una ala revolucionaria. Influenciado por Zhou Enlai residente también en Francia, ingresó a la organización de los jóvenes comunistas chinos. En 1926 se trasladó a Moscú, donde por más de un año siguió cursos de marxismo. De regreso a China se encontró en 1929 con la ruptura de la coalición con el Kuomintang. La represión y las masacres desencadenadas por Chiang kaisek, llevaron a Deng a encabezar una de las rebeliones armadas desde la provincia de Guangxi. Entre 1934 y 1936 participó en la Gran Marcha y años más tarde, frente a la invasión japonesa, fue designado comisario político en el Ejército de Liberación. Después que en 1949, Mao Tse Tung entrara victorioso a Pekin, Deng pasó a ser uno de los dirigentes importantes del Partido Comunista chino. En el Congreso de 1956 fue elegido Secretario General del Comité Central del PCCH, lo que, a diferencia de otros PC, en el escalafón chino significaba el cuarto lugar, después de Mao Zedong, Presidente del CC, Liu Shaochi, Presidente de la República y Zhou Enlai, Primer Ministro.

Entre 1958 y 1961 la República Popular vivió una serie de fracasos económicos, causados por las políticas vanguardistas impulsadas por Mao relativas a “las comunas populares” y “el gran salto adelante”. Al poco tiempo Deng y otros dirigentes advirtieron estos errores y propusieron su rectificación. Pero, Ling Piao, Ministro de Defensa, y sus partidarios culparon a Deng de ser, junto con Liu Shaochi, uno de “los principales partidarios de la línea de derecha por la restauración del capitalismo”. Desde 1966 y con el apoyo de Mao, se desencadenó una nueva ofensiva ultraizquierdista denominada “gran revolución cultural”, según la cual la lucha de clases al interior de la revolución era la principal contradicción que había que superar para avanzar al socialismo. La campaña se convirtió en una persecusión en todo el país contra numerosos cuadros y militantes fieles a la revolución, pero críticos del rumbo que llevaba. Deng fue depuesto de sus cargos, arrestado y condenado a relegación en zonas agrarias donde permaneció largos años realizando trabajos modestos y donde sufrió varios intentos de asesinato.


Ante el desbarajuste económico y social creado por la “revolución cultural” Zhou Enlai convenció a Mao de reincorporar a Deng a las tareas de dirección del Partido. Alcanzó a estar dos años en esas funciones. A la muerte de Mao, sus enemigos volvieron a la carga y consiguieron destituirlo. En 1978, luego del fallecimiento de Zhou Enlai, el último de los más respetados dirigentes históricos, la lucha interna culminó con la derrota de la facción llamada “la banda de los cuatro”. Deng Xiaoping fue elegido Presidente del Partido. Tenía entonces 72 años, no obstante tuvo fuerzas para encabezar el más profundo viraje experimentado por la sociedad china, después de tres décadas desde el triunfo de la Revolución.

Contrariando la costumbre de otros dirigentes comunistas de mantenerse en la jefatura de por vida, Deng solicitó anticipada y públicamente su reemplazo. Durante su mandato (1978-1984) no se repartieron retratos suyos ni ocupó ningún cargo oficial en el gobierno. Después de su retiro como líder del Partido sólo conservó la presidencia de la Comisión Político-Militar del PC, pero siguió de cerca la evolución del país y expresó su opinión sobre todos los asuntos importantes, entre ellos la rebelión estudiantil de Tienanmen de 1989 que apreció como un peligro para la estabilidad del país. Se dice que por haber adoptado esa posición, una parte de la dirección boicoteó sus pronunciamientos, por lo que tuvo que publicarlos bajo seudónimo. En su testamento donó sus órganos, pidió ser cremado y arrojadas sus cenizas al mar.

Las opiniones de Deng Xiaoping entre 1982 y 1987.

A continuación se presenta un resumen del pensamiento de Deng correspondiente al período crucial 1982-1987. Su fuente es el libro “Problemas fundamentales de la China de hoy”,editado por el PC chino que contiene conversaciones del autor con personalidades extranjeras, intervenciones en organismos internos, discursos e informes partidarios. Son los años en que se está implementando la primera etapa de reformas profundas en la economía, cuya segunda parte continúa en los años noventa. Los textos reflejan las tensiones de la época, los esfuerzos y obstáculos para introducir las nuevas ideas, tanto en la teoría como en su aplicación práctica.

Las cuatro modernizaciones socialistas

En su Informe al 12º Congreso del PC (1982) Deng caracterizó 43 años de la vida del Partido Comunista y los dividió en dos períodos. El primero, (1945-1956) evaluado como “una estrategia correcta y exitosa”, comprendió desde los preparativos para el triunfo de la Revolución Democrática y Antiimperialista en 1949 hasta la culminación de las transformaciones socialistas. El segundo, (1956-1982) lo calificó como un largo período de “vicisitudes y revueltas”. Deng recordó en ese Informe que a partir de 1957 con la imposición de las comunas populares y el gran salto adelante, surgieron serios problemas económicos y el crecimiento se hizo más lento. Entre 1959 y 1961 descendió la producción industrial y agrícola, había poca oferta de artículos de consumo en el mercado, la gente no tenía lo suficiente para alimentarse. En 1962 empezó una recuperación, pero en 1963 y 1964 volvió el estancamiento. Entre 1957 y 1966 el ingreso neto de los campesinos no tuvo mayor aumento. Desde 1966 hasta 1976 tuvo lugar la revolución cultural con nuevos desbarajustes económicos, pero en 1978 se inició el camino de la rectificación y de las reformas profundas.

Hacia 1982 ya se percibían los efectos de los primeros cambios introducidos en los sistemas de producción y distribución agrícola, de los que se beneficiaron millones de campesinos. En ese año el PCCH proclamó el objetivo de las “cuatro modernizaciones socialistas”, que había que introducir en la agricultura, la industria, la ciencia y la técnica y las FF.AA. El calificativo de “socialistas” era esencial pues significaban según afirmó Deng “el rechazo al modo de vida burgués”. En otra de sus intervenciones del mismo año declaró que en el desarrollo económico del país “la agricultura es la base y no debe ser relegada bajo ningún concepto”. En aquel momento el 80% de la población vivía en las zonas rurales, ex istiendo serios déficit en la alimentación. La estabilidad política en el campo era fundamental.
Desde el punto de vista teórico Deng puntualizó uno de los conceptos claves de la reforma: “Más que el valor o el volumen de la producción lo que nos debe preocupar son los resultados económicos”, una clara opción por el concepto de valor agregado en vez del valor bruto de la producción que era el indicador básico en la economía soviética. Este enunciado orientó los cambios que se introdujeron en la planificación centralizada y en la gestión de las empresas socialistas. (Por ese tiempo, el mismo tema se discutía en la URSS y Europa Oriental y se proponía cambios similares, aunque no llegaron a ponerse plenamente en práctica). También ese año Deng mostró una gran preocupación por la escasez de cuadros y propuso realizar concursos para la contratación de personal profesional, dar una mayor importancia a la ciencia y a la técnica, estimulando a las “personas de valía”. Reclamó mayor atención a la capacitación de obreros y empleados y a elevar verticalmente la matrícula de la educación universitaria. Hay que resolver, enfatizó, el déficit de intelectuales y mejorar sus condiciones de vida. El personal científico y técnico debe trabajar en funciones correspondientes a sus conocimientos. Recomendó contratar a extranjeros como consultores en todos los temas.

Distribución, nuevas formas de propiedad y lucha contra el derechismo

En 1983 introduce uno de sus más discutidos aforismos, “ dejar que una parte de la gente se enriquezca antes que el resto”, al que agregó más tarde “y una regiones antes que otras”. Se le atribuye también la frase “enriquecerse es glorioso”, pero ésta no ha sido confirmada. El enriquecimiento es legítimo, afirma Deng, si es como producto del trabajo laborioso, siempre que contribuya al socialismo, al fortalecimiento del país y al mejoramiento general del nivel de vida. Advirtió que “si la distribución se hiciera a la manera capitalista, solamente vivirían en la opulencia unos cuantos, mientras más del 90% de la población seguiría vegetando en la miseria”. Hay que perseverar en el camino socialista, en el que lo esencial es el principio “a cada uno según su trabajo”. Así, concluyó, evitaremos una disparidad abismal entre ricos y pobres. En contraposición al sistema anterior de distribución en el campo, “comer todos por igual de una olla común”, del período de las comunas populares, defiende la introducción en gran escala del sistema de “contrato individual o de responsabilidad personal o familiar" en la agricultura, donde los ingresos dependen del trabajo de cada uno.

En este mismo año después de una visita a Jiangsu, se refiere a los éxitos económicos de la provincia los que atribuye a dos medidas principales. Una, al apoyo de los obreros jubilados de Shangai que aportaron sus conocimientos técnicos a aquella atrasada provincia y dos, al desarrollo de nuevas formas de propiedad colectiva no estatal, aplicables a “las empresas de dimensión pequeña y mediana”. Tales empresas, unas de propiedad colectiva, provincial o municipal y otras de propiedad individual o de grupos, denominadas genéricamente de cantones y aldeas, se multiplicaron, diversificaron la economía rural, fomentaron el comercio y la producción industrial y crearon nuevas fuentes de trabajo para buena parte de la mano de obra sobrante del campo. Este fue, admite Deng, “el mayor logro, que no lo habíamos imaginado en absoluto.” En esa misma ocasión recomienda la descentralización de las decisiones de modo que “cada una de las provincias y municipios debe elaborar sus propios planes concretos y mantenerse al corriente de la situación”. Estas dos innovaciones - las empresas de cantones y aldeas, y la descentralización- formaron parte importante de las primeras reformas económicas.

También en 1983 Deng se refiere a la situación interna del partido y los nuevos problemas surgidos después de 1978: aumento de graves delitos económicos y comunes, abuso de poder para provecho personal, sabotaje y fraccionalismo solapado de los opositores dentro del partido. Recuerda la lucha contra los errores izquierdistas durante la gran revolución cultural. Esta rectificación debe continuar, sostiene, pero a la vez no se puede dejar de lado “la lucha contra el derechismo” ni aceptar “la excesiva tolerancia, indecisión, timidez, blandura y conciliación” con estas tendencias erróneas que muestran ciertos dirigentes. Los que trasgreden los estatutos deben ser expulsados del partido; los que delinquen deben tener las sanciones legales correspondientes. Luego se refiere a los que propagan la “contaminación espiritual” o sea, ideas burguesas, tales como la democracia occidental, la siembra de la desconfianza en el socialismo y en el rol gobernante del partido comunista chino. Algunos, dice, viven criticando al socialismo, pero no al capitalismo, al humanismo socialista, pero no al humanismo burgués. Otros creen que en la actual etapa está bien poner los ojos siempre en “don dinero”. Esta tendencia ha cundido en ciertos círculos literarios y artísticos, llevando a exaltar gustos vulgares y bajos en el afán de obtener ganancias. Deng defiende la apertura comercial al exterior y los intercambios culturales, pero, a la vez, exige “no dejar entrar lo extranjero a ciegas, sin planificación ni selección.” Debemos aprender de los países capitalistas desarrollados todo lo que tienen de avanzado en las ciencias, tecnologías, métodos de administración y gestión económicas, todo lo provechoso en conocimientos y cultura. Respecto de las ideas hay que analizar, evaluar y criticar a la luz del marxismo las diversas corrientes occidentales y no precipitarse a rendirles culto. El dirigente chino reafirma como justa la política de las “cien flores” y de las “cien escuelas” que promovió Mao antes de caer en el dogmatismo, pero, esa política no significa absoluta libertad de expresión, ni menos abstenerse en la lucha ideológica entre el marxismo y el liberalismo burgués. Para evitar los excesos del pasado (en referencia a la revolución cultural) la crítica no debe ser simplista, unilateral, violenta ni brutal, ni recurrir a imposiciones autoritarias.

Las zonas económicas especiales y los peligros de la entrada del capitalismo

En 1984 “el pequeño gran timonel” abandona su cargo como Secretario General del Partido Comunista, pero sigue supervisando activamente la reforma económica y la apertura. Presta atención a las zonas económicas especiales. Ese año se abren al exterior 14 ciudades portuarias, todas medianas y algunas muy grandes, entre ellas Shangai y Guangzhou. Precisa que se trata de zonas económicas y no políticas, pues el poder político, local y central del partido comunista se mantiene con el objetivo de perseguir el socialismo. En su visita a Shenzhen, una de las primeras zonas abiertas, constata “el ambiente de vitalidad y florecimiento que allí reina”, el mejoramiento del orden público, el estímulo a las zonas aledañas y “cómo está volviendo gente que antes se había marchado a Hong Kong”. La construcción avanza a ritmo acelerado gracias a que las autoridades locales tienen mayor margen de autonomía en los gastos. Pondera la elevada eficiencia y rapidez en las obras de construcción, resultados que atribuye a la aplicación del sistema de contrata, con sus respectivas recompensas y sanciones. Las zonas son como ventanas abiertas a las nuevas tecnologías y al arte de la administración. Llega a proponer que en Shenzhen se funde una universidad con inversiones de chinos de ultramar que contrate catedráticos de alto nivel. Que vengan también libremente capitales extranjeros. Al abrir al exterior estas zonas, Deng reconoce que “se está franqueando la entrada a cierto grado de capitalismo”, “esto traerá ciertos problemas, hay cierto peligro, pero no de gravedad”, “las influencias negativas serán fáciles de eliminar”. Puesto que los bienes básicos son propiedad del estado, del pueblo, “ni aunque lleguemos a tener un producto nacional de miles de dólares per capita, podrá surgir una nueva burguesía”. La propiedad social será el sector principal de la economía. Las empresas mixtas con inversión estatal y extranjera, son, en una mitad, de propiedad estatal, de carácter socialista. Además, están los impuestos sobre las utilidades. En las zonas donde se han autorizado capitales extranjeros, el gobierno y el sistema político seguirán siendo socialistas. Unas decenas o unos centenares de miles de millones no sacudirán el socialismo, sino que servirán para complementar su construcción, es su convencimiento.

En el pasado, afirma Xiaoping, descuidamos el desarrollo de las fuerzas productivas. Es cierto que Mao lo intentó, pero con algunos métodos incorrectos. Fue un grave defecto suyo promover la comuna popular, pues no actuó de acuerdo con las leyes del desarrollo socioeconómico. La tarea fundamental de la primera fase del socialismo en la que se encuentra China es el desarrollo de sus fuerzas productivas, pues el socialismo exige eliminar la pobreza. Recuerda que en 1979 él propuso que, siendo entonces el producto nacional bruto per capita de 250 dólares, esta cifra se cuadruplicara a fines de siglo, aunque considerando el aumento de la población, sólo se llegaría a 800 dólares. (Audaz pronóstico para un período tan largo que sin embargo se cumplió plenamente). Pero este no era más que el primer paso. El segundo, a partir del 2000 que duraría de 30 a 50 años, permitiría a China aproximarse al nivel de los países desarrollados. Agilizar la economía y abrirse al exterior serán políticas invariables de largo plazo. Pone como ejemplo de los avances logrados, el caso de Suzhou: allí no hay emigración, la gente ya no se desplaza a Shangai ni a Pekín. Como en otras zonas de la misma provincia de Jiangsu, la gente se siente satisfecha de vivir en su propia tierra. El ingreso per capita ha subido a 400 dólares, la superficie de vivienda se elevó a 20 metros cuadrados por persona, la instrucción primaria se ha generalizado. No hay escasez de alimento ni vestuario, tampoco de artículos duraderos, como televisores. Disminuyen las infracciones a la ley y las actividades delictivas.

No al surgimiento de una nueva burguesía

En 1985 las preocupaciones del “pequeño gran timonel” giran en torno a algunos efectos negativos de la nueva situación. Caracteriza al socialismo chino como el sistema en que las riquezas creadas van a parar en primer término al estado y en segundo lugar al pueblo. La mayor parte de los nuevos ingresos servirá para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes y la otra parte para la educación, la ciencia y la defensa nacional. China no debe liberalizarse bajo ningún concepto, (es decir el libre mercado) ni seguir el camino capitalista de occidente. Eso nos conduciría al caos. A los que propugnan la liberalización burguesa e infringen la ley hay que tratarlos con severidad. Los comunistas no pueden prescindir ni de los ideales socialistas ni de la disciplina partidaria. Advierte que “habremos fracasado si nuestra política genera una polarización”, “si llega a surgir una nueva burguesía”. Puede surgir alguno que otro burgués individual, pero no permitimos que se forme una burguesía como clase. Al plantear que unas zonas progresen antes que las demás “lo hacemos para que ellas, una vez enriquecidas se pongan a ayudar a las atrasadas”. Además a los burgueses se les debe imponer ciertas restricciones, cobrándoles, por ejemplo, el impuesto sobre la renta. Los estimulamos a que contribuyan con dinero para la educación y la construcción de caminos. La primacía de la propiedad social de los medios de producción y la prosperidad común de todo el pueblo, son nuestros principios socialistas básicos. Respecto del 7º Plan Quinquenal en curso, Deng apoya la tasa de crecimiento propuesta. Dice que no es lenta y que un ritmo demasiado acelerado acarrearía muchos problemas negativos. Hay que controlar las inversiones en activos fijos y no extender demasiado la construcción básica, concentrarse en la administración y en el aspecto cualitativo de la producción, conceder importancia a los resultados económicos y a los efectos sociales en su conjunto.

En su intervención ante la Conferencia Nacional del Partido, Deng se refiere al “fomento de la civilización socialista en lo espiritual”. Lo espiritual comprende desde la cortesía, urbanidad, higiene, disciplina, moralidad, belleza del lenguaje, del medio ambiente, hasta el amor a la patria, al pueblo y al socialismo. El pueblo debe estar dotado de nobles ideales, elevada moral, conocimientos culturales y espíritu de disciplina. Advierte que el temor de que China se convierta en país capitalista “no es totalmente infundado”. Las perniciosas influencias del capitalismo y del feudalismo no se han reducido al mínimo posible, incluso han renacido ciertas lacras. En Guandong la prostitución ha cobrado una dimensión grave. Si continúan deteriorándose las costumbres sociales, se pregunta ¿qué sentido tienen los éxitos económicos? Hay que proscribir con firmeza la corrupción, pues se ha llegado al extremo de que hay “hijos de cuadros dirigentes que han caído en el espionaje, revelando informaciones y vendido informes y documentos confidenciales.” Por otro lado, hay que aplicar severas penas a los traficantes de mujeres y niños. Por todo esto- concluye Deng- no soy partidario de abolir la pena capital, especialmente en el caso de delitos económicos particularmente graves. Es necesario educar a los jóvenes en los ideales comunistas y no en la decadente ideología capitalista.

Ese mismo año comienza a estudiarse la relación entre el sistema económico y el político. Deng opina que la reforma de la estructura política tiene que estar a tono con la nueva estructura económica. La reforma política debe tener tres objetivos: Uno, mantener siempre la vitalidad del partido y del estado; dos, superar el burocratismo y elevar la eficiencia del trabajo; y tres, poner en juego, la iniciativa de las entidades de base y de los obreros, campesinos e intelectuales. La reforma debe llevar a la reducción del personal de los organismos del estado, simplificar la estructura administrativa, descentralizar los poderes, ampliar la democracia socialista. La reforma política tiene como problema principal las relaciones entre el partido y el gobierno. El partido debe ocuparse de la disciplina en sus filas en tanto que los problemas de orden jurídico competen al estado y al gobierno. No tenemos tradición de respetar y hacer respetar la ley, por eso es importante educar a la juventud en esta cultura, desde la infancia.

Deng admite ser “un profano en materias económicas” pero cuando habla del tema “lo hace siempre desde el punto de vista político”. En 1986 vuelve a los problemas del campo. En ese momento la producción de cereales tiene un ritmo lento, escasea el grano para la cría de cerdos. Faltan inversiones para mejorar los campos de cultivo. “No debemos volver a importar alimentos en gran cantidad, pues ello pone en peligro las metas para el desarrollo”. Esto lo lleva al tema de las divisas. Su escasez y el balance desfavorable en el comercio exterior existente hasta ese momento, obstaculizan el avance económico, que debe ser prolongado, sostenible y estable. “China tiene mucho que exportar, pero no conocemos muy bien el mercado internacional. Hay que elevar la calidad de los productos, antes desatendíamos la calidad, siguiendo el modelo soviético”.

Para avanzar en las reformas hay que liberarse de un enorme fardo que llevamos a cuestas: el gasto excesivo por concepto de subsidios a las empresas (estatales) para compensar sus pérdidas. Este problema debe resolverse en forma planificada y metódica. Hay que descentralizar los poderes y conceder autonomía a las empresas para que se sientan comprometidas y asuman responsabilidad por la gestión. En estos últimos años hemos ensayado en algunas fábricas con gran éxito el sistema de responsabilidad personal del director de la fábrica.

Liberalización burguesa y occidentalización de China

En 1986 en una sesión del Comité Central interviene nuevamente sobre la necesidad de luchar contra la liberalización burguesa. Le preocupa la influencia de esta ideología entre las masas y especialmente los jóvenes. Hace falta una actitud firme en contra de ella. Piensa que esta lucha continuará veinte años, a lo menos. La democracia sólo puede desarrollarse gradualmente y no debe calcarse lo que se hace en Occidente. Se refiere a los disturbios estudiantiles que ya tienen lugar en ese momento y se puede apreciar que es un anticipo de la posición que adoptará frente al movimiento contrarrevolucionario de 1989. “Frente a ellos, adoptamos principalmente el método de la persuasión, lo cual es necesario, pero si resulta afectado el orden público y se cometen infracciones de la ley penal, se impondrán medidas enérgicas”.
Durante 1987 continúa su preocupación por la agitación juvenil. Dice que los manifestantes no pasan más del 1 o 2 por ciento de todos los universitarios del país. “No tienen grandes repercusiones ni pueden derrumbarnos”. Explica que la debilidad de Hu Yaobang frente a la ofensiva de la liberalización burguesa, es la razón de porqué fue desplazado de su cargo como Secretario General del Partido. Concluye que hace falta persistir y educar en los cuatro principios fundamentales,- el camino socialista, la dictadura democrática popular, la dirección del Partido Comunista y el marxismo leninismo con el pensamiento de Mao Zedong. Junto con rechazar el camino capitalista, -la occidentalización total de China- y exigir las sanciones partidarias a quienes la propugnan, Deng reitera que la lucha en los próximos decenios es por erradicar la pobreza y que la meta para mediados del siglo XXI es colocar a China entre los países de mediano desarrollo, pero sin olvidar que se trata de un crecimiento con una “distribución socialista de los ingresos”. Considera que era un planteamiento absurdo el sostenido por “la banda de los cuatro” de preferir un socialismo de pobreza frente a un capitalismo de abundancia. Si bien el repudio al capitalismo de abundancia tiene justificación, replica Deng, en ningún caso tiene sentido mantenerse en un socialismo de pobreza.

Los aportes de Deng Xiaoping a la construcción del socialismo chino.


Lo que hoy se denomina oficialmente en China “la teoría de Deng Xiaoping” tiene como antecedente a Lenin, el fundador de la economía política del socialismo. Particularmente las tesis leninistas del período de la Nueva Política Económica que Deng conoció en su aplicación práctica durante su permanencia en Moscú. Muchos han visto con razón, en la NEP, una anticipación de las ideas de reforma y apertura de Deng. Al igual que Lenin, Deng ejerció permanentemente la crítica tanto contra las desviaciones de izquierda, como las de derecha, acentuando aquellas de mayor peligro, según las circunstancias de cada período. Del mismo modo que Lenin y también Mao Zedong, Deng puso énfasis en que la construcción del socialismo debía tener en cuenta las condiciones nacionales de cada país y no limitarse a copiar las prácticas de otros.
Se podría destacar entre las particularidades chinas, la elevada densidad de la población del país, una de las más altas del mundo y, a la vez, una de las más reducidas dotaciones de recursos naturales por habitante; el peso de las prácticas burocráticas enraizadas en uno de los estados más antiguos de la tierra; las no tan lejanas reminiscencias feudales; una emigración que da origen a una moderna burguesía china “de ultramar”, (Hong Kong, Singapur, Taiwán, Indonesia, etc) una parte de la cual exhibe un orgullo patriótico que atempera su antisocialismo; la existencia de una población rural aún fuertemente mayoritaria en comparación con la población urbana; una muy baja productividad del trabajo agrícola y pobre rendimiento de la tierra; un campesinado con una larga tradición de lucha; y un proletariado industrial joven, en crecimiento, pero que constituye todavía una minoría social.

Deng enfatizó el atraso material secular de China y en función de esa realidad trazó las metas económicas y los plazos de largo alcance, necesarios para superarlo. Su pronóstico de que se necesitarían 100 años para que el socialismo chino proporcionara un nivel de vida promedio equivalente a un país capitalista de mediano desarrollo, va camino de cumplirse. Partiendo de este atraso material Deng acuñó el concepto de “etapa primaria” del socialismo. Una novedosa tesis, a ser tenida en cuenta en los países más atrasados y poblados del tercer mundo, tesis que reconoce la existencia de varias fases históricas en el camino socialista.
El "pequeño gran timonel" se declaró, modestamente, como un profano en economía, pero agregó que eso no le impedía hablar de economía desde el punto de vista político. Esto recuerda la visión leninista de la primacía de la política sobre la economía. Lenin nunca presentó una teoría acabada del modelo económico socialista, a pesar de sus amplios conocimientos y experiencia de esta materia, sino que sus análisis fue siempre partiendo de la realidad, su evolución y los desafìos que presentaban. Deng tampoco formuló una teoría previa y completa sobre la nueva estructura que proponía para la economía china. Reconoció que su contribución a las reformas era sólo una entre otras presentadas por sus colegas. Fue tal vez el primer estadista marxista que promovió un debate creador entre economistas y otros profesionales, académicos y expertos, los cuales, por su parte, utilizaron ampliamente los conocimientos y los métodos avanzados de la ciencia económica y administrativa, tanto de Occidente como de Oriente, entre ellos los experimentos pilotos, las encuestas y las iniciativas exitosas desde la base, las localidades y provincias, combinando así teoría y práctica.
Es inevitable la comparación entre la perestroika de Gorbachov y el retroceso al capitalismo de Yeltsin y las reformas de Deng. Para algunos la diferencia estuvo en el estilo "shock" de los rusos y la "gradualidad" de los chinos. Más bien podría afirmarse que mientras los primeros renunciaron al rumbo al socialismo y renegaron del papel dirigente del PC, Deng y sus seguidores mantuvieron el objetivo socialista y el poder político del partido comunista. Mientras la perestroika fracasaba y el régimen de Yeltsin promovía el derrumbe del socialismo, la apertura a un capitalismo caótico y corrupto, las reformas de Deng superaron las crisis del socialismo burocrático, abrieron un espacio a un capitalismo controlado, mejoraron las condiciones de vida del pueblo y afianzaron el poder del estado socialista, bajo la dirección comunista.
Deng hizo particulares aportes a la idea original de Lenin acerca de la coexistencia pacífica entre el capitalismo y el socialismo, como el camino más adecuado en el ámbito internacional. Unilateralmente, China redujo en un millón el número de sus efectivos militares y avanzó en la solución pacífica en los diferendos con sus vecinos. Acuñó el concepto "un país, dos sistemas" como una salida original para la integración de Hong Kong, Macao y Taiwán al estado chino, demostró su factibilidad en los dos primeros casos, restando por aplicarse en el último.
Pero, las complejas e inéditas relaciones entre el capitalismo y el socialismo en la actual fase histórica de la globalización, también fueron reformuladas por Deng en el plano interno. En 1979 afirmó que dentro del país podía existir “una economía de mercado bajo el socialismo”, cuestión que en ese tiempo, y aún hoy, algunos consideran como una herejía o un imposible. En 1984 Deng planteó que China podía construir una economía mercantil planificada, sobre la base de la propiedad pública. En 1992 en una de sus últimas manifestaciones se adhirió a la tesis de que la planificación y el mercado no eran sinónimos de socialismo y capitalismo, sino que instrumentos a ser utilizados en ambos regímenes. Por tanto la diferencia entre los dos sistemas no estaba allí, sino en el carácter de la propiedad hegemónica de los medios de producción, (social o privada) y la forma de distribución en cada uno de ellos, siendo en el socialismo el principio relevante, “a cada uno según su trabajo”.

Lenin durante la NEP había argumentado que la utilización de formas mercantiles eran inevitables para superar el atraso y la miseria de Rusia. Estaba consciente que ello podía favorecer la restauración capitalista. Por eso, la permanencia del rumbo al socialismo necesitaba ciertas salvaguardias, económicas, políticas e ideológicas, las que definió explícitamente. Por su parte Deng apostó a la posibilidad téorica y práctica de proseguir la construcción de una sociedad socialista con las características de China, mediante la participación de un sector capitalista privado, incluido el capital extranjero y las multinacionales, pero bajo la dirección independiente y el control político del estado y del partido, como condición esencial, mediante la regulación y el control de los mercados, para superar y corregir sus conocidas falencias.
Todo lo ocurrido en China después de 1997 ya no tiene relación directa con la gestión personal del líder fallecido. Pero las teorías de Deng Xiaoping siguen marcando el rumbo del estado chino. Ahora es posible concluir que los éxitos han sido innegables, pero que se han acentuado algunos de los peligros por él previstos. Otros, como los problemas ecológicos fueron subestimados en sus apreciaciones. En primer término, las desigualdades económicas han ido más lejos de lo que él suponía. Las disparidades en los ingresos y la riqueza personal se han profundizado. Las diferencias entre los niveles de vida en las provincias de la costa y del interior del país, entre obreros y campesinos y aún dentro de las ciudades se han incrementado. La agricultura se retrasa en su modernización y crecimiento y hay descontento en amplios sectores campesinos. Las influencias perniciosas del consumismo y del individualismo están desatadas, particularmente por la publicidad transnacional. La corrupción continúa siendo un tema preocupante y afecta hasta las altas esferas gobernantes. Han irrumpido con fuerza las consecuencias de un industrialismo primitivo y descontrolado que daña seriamente el medio ambiente, los recursos naturales y la salud humana. La influencia negativa de la ideología neoliberal entre funcionarios y profesionales y difundida por centros universitarios extranjeros, ongs y organismos internacionales, no es suficientemente combatida. Las tendencias privatizadoras se extendieron a la educación y la salud.

Todos estos problemas son reconocidos al interior de China, discutidos abiertamente en la prensa, entre los académicos, dentro del partido comunista, en el gobierno. Las nuevas autoridades que asumieron en el 2002, encabezadas por Hu Jintao los han denunciado y hacen notorios esfuerzos por superarlos. Deng anticipó en 1982 que la lucha contra la liberalización burguesa duraría a lo menos 20 años. Al parecer continuará aún mucho más tiempo, antes que el socialismo se afiance definitivamente en China.
A treinta años desde el trascendental viraje, la estrategia de Deng Xiaoping continúa vigente. Durante las últimas tres décadas son indiscutibles los avances logrados en el crecimiento y modernización de su economía, el fortalecimiento del estado y el mejoramiento general de las condiciones de vida de muchos millones de seres humanos. Los éxitos del socialismo de mercado chino, pese a sus falencias y resultados desiguales, merecen estudiar la obra innovadora de este gran estadista chino, dejando de lado prejuicios y apologías. La vertiginosa modernización socialista de China no sólo concierne a Asia, sino que genera impactos en todos los continentes. Por sus dimensiones es ya uno de los cambios planetarios más importantes de esta época.